“El que tenga miedo de morir, que no nazca”

Villa la fe Diego Kravetz

¿Qué hacer con un Estado que no logra terminar de entrar a las villas y con organizaciones sociales que invitan como todo proyecto de vida a revolver la basura de los más ricos?

La brutal definición que titula esta nota es de Franco, joven cabecilla de una banda de Villa La Fe: “Se vive al día, no hay futuro: la muerte camina con nosotros… El que tenga miedo de morir, que no nazca”. En algún futuro lejano, cuando se escriba la historia de lo que acontece hoy, difícilmente se hable de la Argentina y sus países vecinos sin referirse a la inmensa exclusión y a las condiciones de vida precarias en las que vive una gran parte de sus habitantes.

Para empezar: una sociedad funcional se basa en modelos de inclusión. Un chico nace y crece dentro de una familia que le da techo, alimento y cuidado. Tiene acceso a una educación y se prepara tanto para desarrollar sus capacidades como para interiorizarse en normas básicas de coexistencia con otros. Eventualmente, ya adulto, podrá formar su propia familia repitiendo parámetros, lo que a gran escala asegura la integridad de la sociedad como un todo.

Lo anterior es tan básico y comprensible que forma parte del sentido común. Sin embargo, hay lugares en los que no ocurre siempre: se trata de un fenómeno extendido en el tiempo dentro de las villas de emergencia y los asentamientos informales.

En estos barrios, encontramos casos donde la inclusión del chico se encuentra en jaque desde que nace, porque no existe la idea de hogar. Las casas son precarias y los padres están, en general, ausentes. Algunos permanecen detenidos, otros murieron. Son hogares donde el lazo que va de generación en generación, vital para la sociedad, se rompió en mil pedazos. En algunas villas de Lanús se ve con claridad: entre tantos vecinos jóvenes y viejos, hay una generación intermedia que está diezmada.

En el caso del acceso a la educación, es definitivamente más complejo: casi el 80% de los jóvenes que vive en villas no termina el secundario. El 50% no termina ni siquiera el primario. Los datos del Observatorio Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) estremecen.

¿Cómo integrar entonces lo que se perdió hace décadas, con generaciones y generaciones de padres ausentes, de familias rotas? ¿Qué hacer con un Estado que no logra terminar de entrar a las villas y con organizaciones sociales que invitan como todo proyecto de vida a revolver la basura de los más ricos? ¿Cómo sumar a miles de personas que han desarrollado una visión de la vida y sus límites diametralmente opuesta a aquella sobre la cual basamos nuestra coexistencia social entera?

Ciertamente no es tarea fácil ni grata. El Estado tiene la responsabilidad de velar por el cumplimiento de la ley y ejercer sanciones, aun a sabiendas de que la infracción de estas leyes es, para una gran parte de la población, un recurso común de supervivencia.

En Lanús planteamos un abordaje integral desde el desarrollo social, la educación, el deporte y la cultura. Pero, por supuesto, también de la seguridad, porque la ausencia de ley y la autorregulación normativa del territorio lo único que ha logrado es reproducir exponencialmente este trágico fenómeno y hacer ricos a unos pocos que lucran con la necesidad y la pobreza.

Nota publicada en Infobae: https://www.infobae.com/opinion/2018/03/01/el-que-tenga-miedo-de-morir-que-no-nazca/

La demagogia de La Cámpora y los valores villeros

padre mugica diego kravetz

La Cámpora está impulsando un proyecto de ley para hacer del 7 de octubre el “Día Nacional de los Valores Villeros”. La fecha elegida coincide con el nacimiento del Padre Carlos Mujica, quién tuvo una militancia ejemplar en los barrios pobres – especialmente en la Villa 31 – y un rol fundamental dentro de lo que fue el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. La labor del Padre Mugica lo convirtió en una figura emblemática de las luchas por la equidad social. Recibió críticas desde distintos sectores políticos (incluido el movimiento de los Montoneros, en cuya gestación Mugica estuvo de alguna manera involucrado) y finalmente fue asesinado en el barrio de Villa Luro a la salida de una misa, al parecer – ya que nunca estuvo del todo claro – a manos de la Triple A.

El legado social y político de Mugica es sin duda alguna digno de reconocimiento. El proyecto de ley, sin embargo, invoca una serie de ambigüedades alrededor de los supuestos “valores villeros”, concepto extraño que desde La Cámpora quieren instalar.

 Con la autoproclamada intención de desestigmatizar la nomenclatura de villero, los impulsores y defensores de este proyecto -Andrés “El Cuervo” Larroque, Juan Cabandié, Anabel Fernández Sagasti, entre otros- explican que estos valores consisten en “solidaridad, optimismo, generosidad, esperanza, humildad y valor por lo colectivo”. En un ejercicio muy sencillo de sentido común, el diputado de la Coalición Cívica, Fernando Sánchez, replicó que esos valores son universales y no dependen de un sector social. Ciertamente, la justificación de los diputados de La Cámpora ante la Comisión de Legislación General que dio dictamen favorable al proyecto, hace agua en cuanto a intentar disfrazar valores humanos universales como valores de clase. Y esta maniobra no puede tener otro rótulo que el de demagógica.

Aclaremos los tantos: una cosa es desestigmatizar y otra muy distinta es exaltar. Estoy de acuerdo en que es necesario, para una mejor convivencia social, que la expresión “villero” deje de ser pretexto para fomentar la segregación y el odio entre las personas. Villero es el que vive en una villa, nada menos… pero tampoco nada más.

Las villas son fenómenos de precarización en todo sentido: urbanístico, habitacional, político y social. La responsabilidad de que esa precarización exista y se prolongue es del Estado. En ese sentido, mientras que adhiero a la idea de no discriminar a una persona por el mero hecho de vivir en una villa – situación que no habla en modo alguno de sus condiciones morales e intelectuales–, me parece alarmante que funcionarios públicos propongan la asociación de un concepto que arrastra consigo décadas de miseria a valores inmaculados como los de la solidaridad y el optimismo.

El mito de los pobres como personas esencialmente buenas ha sido siempre una maniobra clasemediera para expiar culpas de clase. Hay pobres buenos y pobres malos. El problema para la política debiera ser que no haya pobres.

El concepto de “valores villeros” expresa entonces dos cosas: el derrotismo cultural de naturalizar a la pobreza y a las condiciones precarias de vida como invariantes de la historia, por un lado, y la inescrupulosidad y cinismo descarado de los representantes que se dicen “progresistas” porque reivindican formas de vida circunstanciales y lamentables sólo porque ellos no son quienes las padecen. Para ser más claros: si a Cabandié y a Larroque les parece tan inmaculada la condición de los villeros que se vayan a vivir ellos a una villa.

A diferencia de estos dirigentes de La Cámpora, el Padre Mugica decía cosas como: “Señor, perdoname por haberme acostumbrado a chapotear en el barro. Yo me puedo ir, ellos no”. Mugica entendía la diferencia entre él y los pobres. La entendía y la padecía. La pobreza no era para él algo que reivindicar sino algo de lo que había que salir. La lucha era para erradicar la pobreza. Es sencillamente esto lo que estos pibes bien, con sus honorarios y comodidades de funcionarios públicos (a los que no están dispuestos a renunciar) no entienden: la diferencia entre la pobreza y los pobres. Los pobres son personas que merecen -como cualquier conciudadano- nuestro respeto. La pobreza es una condición lamentable que reclama la erradicación a través del trabajo, la planificación pública y la cooperación de todos los representantes y organismos del Estado.

Que villero deje de ser una mala palabra no debería implicar que se convierta en un elogio, en un signo de heroísmo. Las villas no son algo de lo que debamos sentir orgullo porque hablan de los malos manejos del Estado. Lo que estos chicos de la Cámpora quieren es lavar sus culpas de clase para seguir haciendo la vista gorda a un problema que nadie, ni el Gobierno al que tanto defienden, resuelve.

Las generalizaciones de clase le hacen muy mal al país, especialmente cuando se usan demagógicamente para justificar las desigualdades sociales. Al pastiche ridículo de los “valores villeros” yo quisiera oponer el concepto universal tan imprescindible como tergiversado de los derechos humanos, que deben ser defendidos en todas partes, y especialmente allí donde el Estado menos los respeta.

Infobae.com
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