El narcotráfico y el tráfico de armas, dos caras de una misma moneda

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El negocio clandestino del narcotráfico atrae rápidamente al del tráfico de armas de creciente potencial y complejidad. Este es un factor sintomático del crecimiento de las redes de delito. Sobre esto hay un testimonio contundente e ilustrativo de quien fue uno de los comandantes generales más importantes de la Policía Militar del Estado de Río de Janeiro, Mário Sérgio de Brito Duarte. En él relata desde el punto de vista personal de su experiencia, la evolución del conflicto en las favelas a partir de la llegada a Rio del tráfico de cocaína a mediados de los ochenta. Continuar leyendo “El narcotráfico y el tráfico de armas, dos caras de una misma moneda”

Policía de proximidad: una “novedad” con más de 100 años

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Expertos en seguridad de todo el mundo saben que la clave para contener el delito está concentrada cada vez más en las fuerzas policiales llamadas policía comunal, policía local o policía de proximidad. Se trata de fuerzas distintas del viejo esquema represivo tradicional de la policía clásica. Sus agentes tienen formación social, están preparados para asistir a los ciudadanos de las zonas más conflictivas en sus diversos problemas cotidianos, trabajan en el territorio y se dedican más a prevenir el delito que a castigarlo. Continuar leyendo “Policía de proximidad: una “novedad” con más de 100 años”

El delito no es una sensación

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Durante los últimos años quisieron hacernos creer que la inseguridad era una sensación inculcada en la gente a través de los medios de comunicación. No solo negaba la realidad de millones de argentinos, que se encontraban regularmente sufriendo situaciones delictivas, sino que negaban su capacidad de discernimiento, al sugerir que piensan y sienten como los periodistas (malintencionados, siempre) les dicen que tienen que pensar y sentir.

Cuando se trata del narcotráfico, uno de los problemas más graves de la Argentina, no es necesario remitirnos a grandes operativos para pensar en cómo nos afecta diariamente. La gente común lo vive muy de cerca a través del narcomenudeo. Si bien el narcotráfico es una gran estructura de delitos de diversa escala que parte desde sectores de gran poder y alta jerarquía, llega también a lo más ínfimo de lo social, en delitos y casos de violencia que lamentablemente se viven a diario en diversas zonas de Gran Buenos Aires. El narcomenudeo comprende los robos y maltratos a pequeña escala, que son ciertamente sintomáticos de los grandes problemas estructurales de la industria clandestina de la droga, pero que son los que repercuten inmediatamente en el ciudadano común y con altos niveles de violencia.

Combatir al narcotráfico no puede hacerse solamente accionando sobre lo grande, ni solamente sobre lo pequeño. En Lanus vamos a darle pelea a todos y cada uno de los bunkers que existen. No importa cuan pequeño sean. Todos son un foco infeccioso que debe ser erradicado.

Haremos una acción integrada en ambos frentes, con operativos grandes sí, pero con un control regular de la parte más microscópica, que es la que más siente el vecino. Para ello es necesario entender de una vez por todas que el delito y la seguridad no son sensaciones, sino erupciones diarias que vive la gente de este gran volcán peligrosísimo que son las redes del narcotráfico en la Argentina.

Ejes para combatir la inseguridad

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Si de inseguridad se trata, la demanda ciudadana es una brújula fundamental. ¿Quién si no los ciudadanos pueden describir con precisión las cualidades de esta problemática? ¿Quién si no los que la padecen en carne propia y la viven todos los días? No es por renegar de la opinión de expertos o técnicos; el saber especializado tiene que alimentarse de la experiencia común de las personas. En otras palabras, cuando los funcionarios y los especialistas nos desligamos de la comprensión popular sobre la inseguridad, perdemos toda capacidad de combatirla. Continuar leyendo “Ejes para combatir la inseguridad”

Pacificar también es tener un plan

plan de pacificación - Diego Kravetz

Logramos instalar el debate sobre pacificación. Sin embargo, y lejos de celebrar la popularidad que ganó este vocablo en la discusión pública sobre inseguridad y delito organizado, es importante subrayar la raíz de su sentido, en particular a partir del “megaoperativo” contra narcos. El hecho de que el gobernador de Santa Fe, Antonio Bonfatti, y el secretario de Seguridad, Sergio Berni, hayan allanado los barrios periféricos no alcanza para asegurar que se esté pacificando Rosario. Entre otras cosas, porque fue un golpe esporádico, sin un proyecto a mediano plazo.
 
El despliegue fue enorme: 3.000 efectivos de Gendarmería, Policía Federal y Prefectura que realizaron 89 allanamientos. Los resultados acaso hayan sido menores a los esperados: apenas 26 personas detenidas y unas mil dosis de cocaína y de marihuana incautadas. Lo que hubo, entonces, parece más una “reacción” a las maniobras de los narcos que una iniciativa planificada. Los narcos están marcando el ritmo de esta batalla.
 
Además, existen posiciones encontradas en el propio gobierno nacional respecto a cómo conceptualizar el problema. La discusión se fue por las ramas: que si Argentina es o no un país de producción. En el medio, se pierde cuestión la cuestión central: cómo combatir el narcotráfico, flagelo que el Gobierno desconoció durante mucho tiempo. Al ministro de Defensa, Agustín Rossi, no se lo vio en este nuevo episodio de la incipiente lucha contra los narcos que tuvo su detonante en amenazas de muerte realizadas a finales de marzo al juez Juan Carlos Vienna y al fiscal Guillermo Camporini.
 
Para garantizar el avance del Estado sobre las zonas copadas por el delito, va a ser necesario maximizar recursos, disponer de ellos inteligentemente. Los 2 mil efectivos que quedaron en la zona tras el operativo de Rosario necesitan hacer un trabajo conjunto con la comunidad y el gobierno provincial. Si esto no pasa estaremos en presencia de un enorme dispendio de recursos humanos necesarios para el combate real del delito organizado. 
 
Pacificar es tener un plan, distinguir etapas de intervención y, sobre todo, tener la iniciativa para desbaratar a las bandas de narcotraficantes e incluir a las zonas excluidas a los derechos y obligaciones ciudadanos.

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Linchamientos: síntomas de una enfermedad curable

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La discusión pública sobre el delito y la inseguridad tiene ahora un nuevo concepto. El tema de los “linchamientos”, que está en boca de todos, debería ser un llamado de atención: el problema de la violencia en nuestras grandes ciudades está alcanzando proporciones alarmantes. Las actos de violencia espontáneos de ciudadanos contra delincuentes demuestran que la lógica de los segundos está empezando a infectar el comportamiento de los primeros. En otras palabras, la gente está sintiendo que su condición de víctima puede ser revertida por el mismo uso de la fuerza que emplean los criminales.

Estoy lejos de celebrar esto, aunque tampoco me tienta demasiado plegarme al coro de los que salen a condenar a rajatabla estas reacciones por el mero hecho de que van contra la ley (sobre lo último no caben dudas). ¿De qué ley hablamos cuando llegamos al punto en que el ciudadano entiende que reprimir al delincuente por mano propia es más viable y efectivo que recurrir a las vías formales que ofrece el Estado? Si, en definitiva, el que no se siente representado por sus leyes tarde o temprano deja de acatarlas. Cuando tengamos una sociedad de delincuentes, cuando todos hagamos lo que queramos, de nada les va a servir invocar las bondades de las leyes.

Afortunadamente aún no estamos ahí. Los casos de Rosario y Palermo pueden ser solamente dos síntomas esporádicos de una enfermedad todavía curable. Por eso, insisto, hay que pacificar a la sociedad y para ello hay que operar sobre los eslabones más débiles de nuestra cadena de derechos y deberes ciudadanos. Estos eslabones son las zonas de exclusión social, en otras palabras, de pobres. Las voces biempensantes insisten en decirnos que no hay que criminalizar a la pobreza cuando hacemos, discursivamente, esta asociación entre marginados sociales y delincuentes. No se dan cuenta de que son ellos los que criminalizan a los pobres, no discursivamente, sino en los hechos, al permitir que se sostenga su penosa situación de vida alimentando a la insaciable maquinaria del subsidio que, no solo no saca a los pobres de la pobreza sino que los acostumbra a vivir en ella, los amontona y los separa culturalmente del resto de la sociedad.

Por eso quiero recordarles que el Instituto de Políticas de Pacificación está buscando llevar ante la Legislatura Porteña un proyecto de ley para erradicar el delito de las villas y así poder integrarlas al resto de la ciudadanía. Queremos remover los tumores del delito organizado y empezar la recomposición del tejido social. Queremos que no haya más pibes que salgan a la calle re jugados. Queremos que no haya ciudadanos que se sientan también re jugados y maten a golpes a esos pibes. Queremos un Estado creíble y personas que crean en él.

Lo que tenemos de momento es una sociedad que se piensa y se vive en términos binarios: el drama de los ciudadanos contra los delincuentes es solo uno de tantos. Están los ricos contra los pobres, los opositores contra los oficialistas y tantos otros. El país se está desintegrando porque cada vez nos cuesta más identificarnos con el otro. Para que ello no ocurra debemos unificar nuestro modo de vivir, bajo las mismas reglas y con los mismos derechos. Todavía podemos curar esta enfermedad.

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Iniciativa para pacificar las villas

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Hace dos semanas lanzamos oficialmente el IPP (Instituto de Políticas de Pacificación), con la intención de ayudar a mejorar la convivencia en la Ciudad de Buenos Aires. El Instituto tiene hechos varios trabajos de investigación sobre el problema de la inseguridad, similitudes y diferencias con los casos de otras regiones, y plantea una iniciativa para terminar con el delito organizado.

Tal iniciativa consiste en un proyecto de ley al que dimos en llamar Ley de Pacificación de la Ciudad de Buenos Aires, que propone emular la experiencia realizada en Brasil, más precisamente en Río de Janeiro. Río es una de las ciudades más pobladas de Brasil y es la que tiene la mayor cantidad de favelas. Desde 2008 el Estado interviene en estos asentamientos precarios a través de unas fuerzas especiales llamadas UPP -Unidades de Policía Pacificadora- que son escuadrones especializados en combatir el delito organizado. En otras palabras: echan a los narcos de las favelas.

¿Es comparable el problema de las villas en la Ciudad de Buenos Aires al de Río? Si bien nuestra problemática es de proporciones mucho más modestas, el crecimiento acelerado de la cantidad de villas y de la actividad delictiva dentro de ellas nos permite pensar que lo que pasa hoy en Río puede ser el futuro de Buenos Aires si no lo combatimos correctamente.

En Brasil la intervención de las UPPs viene dando buenos resultados. El procedimiento de “pacificación” consiste en dos etapas: primero se saca a los narcos de las villas, lo cual requiere un trabajo de inteligencia policial que tenga en cuenta las particularidades de cada zona (sociales, territoriales y de diversas índoles) de modo tal que se pueda garantizar la reducción del delito sin poner en riesgo a personas inocentes, que son la mayoría de los ciudadanos que habitan en villas y asentamientos. Una vez expulsados los delincuentes de las villas se procede a una segunda etapa, que según la Ley de Pacificación de la Ciudad de Buenos Aires consistirá en la instalación en el territorio de UPSs – Unidades de Pacificación Social. Estas estarán coordinadas por funcionarios de la Secretaría de Habitat de la Ciudad y contarán con equipos de trabajo comunitario cuya función será la de asegurar la llegada del Estado a esos territorios. A partir de eso podrá iniciarse el proceso de urbanización, que consistirá en dar servicios públicos, mejorar las condiciones habitacionales y permitir la aparición de escuelas, hospitales, comercios y demás establecimientos fundamentales para la vida de los ciudadanos.

Esto ya se está haciendo en Río de Janeiro y podemos hacerlo en Buenos Aires. Para que la Legislatura trate este proyecto de ley necesitamos reunir 40.000 firmas que equivalen al 1,5% del padrón electoral porteño. Los invito a visitarla página de IPP en Facebook, a leer el proyecto de ley y acercarse a nuestras mesas. Allí estuvimos recolectando firmas desde este fin de semana. Juntos podemos pacificar Buenos Aires y garantizar un mejor futuro: sin narcos y sin villas.

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