El narcotráfico y el tráfico de armas, dos caras de una misma moneda

El negocio clandestino del narcotráfico atrae rápidamente al del tráfico de armas de creciente potencial y complejidad. Este es un factor sintomático del crecimiento de las redes de delito. Sobre esto hay un testimonio contundente e ilustrativo de quien fue uno de los comandantes generales más importantes de la Policía Militar del Estado de Río de Janeiro, Mário Sérgio de Brito Duarte. En él relata desde el punto de vista personal de su experiencia, la evolución del conflicto en las favelas a partir de la llegada a Rio del tráfico de cocaína a mediados de los ochenta.

Me gustaría compartirles las palabras de de Brito Duarte, ya que aportan una perspectiva necesaria para pensar cómo escala la violencia en las sociedades donde crece el delito. Cuenta que en un principio, el armamento de los traficantes no permitía que estos se involucraran en confrontaciones directas con la policía: “Mientras esas armas eran solamente pistolas de guerra y submetralladora de guerra -nosotros tuvimos muchas de ellas, entre 1985 y 1988-, los criminales preferían la evasión frente a la acción policial. Las cuadrillas luchaban entre sí, mataban entre sí. Sin embargo, cuando nosotros, policiales, transitábamos por sus espacios de comercio, no hacían un enfrentamiento franco. Cuando ocurría, era fortuito; en la mayoría de las veces, ellos corrían. A finales de 1987, sin embargo, y con más evidencia en 1988, los narcotraficantes pasaron a recibir armas de guerra.”

Este es el punto de inflexión a partir del cual el delito organizado empieza a volverse un problema importante para el control policial. Contiua de Brito Duarte con su relato: “el fusil llegó agregando, dando pertenencia, ofreciendo visibilidad social, y Río de Janeiro empieza a cambiar su cuadro de seguridad pública tan parecido con el de otros estados hacia algo completamente diferente de todo el escenario nacional.” De Brito Duarte enfatiza no sólo en la capacidad de destrucción y enfrentamiento con la policía en el territorio (lo cual pone en peligro las vidas de todos los habitantes de las zonas) sino en la progresiva conformación de un sentimiento de poder, contrario al de las fuerzas del Estado, que favorece la creación de una subcultura delictiva que genera sentimiento de pertenencia en habitantes de la zona (especialmente jóvenes) que se inclinan hacia la participación en estas actividades delictivas. En otras palabras, armas más destructivas le dan a los delincuentes una mayor sensación de poder que los envalentona para delinquir más. El conflicto escala.

Es importante tener en cuenta este caso ya que expresa un estado mucho más avanzado del problema, como es el de Río de Janeiro, donde la cantidad de habitantes en asentamientos precarios y la expansión del narcotráfico son bastante más pronunciados que en la Provincia de Buenos Aires. Si bien nuestra situación dista de ese panorama, nuestras tasas de crecimiento en lo que refiere a exclusión y a la actividad de grupos delictivos son crecientes y demandan la observación de casos cercanos.

La erradicación del narcotráfico es una empresa que en tanto se dilata va adquiriendo matices bélicos cada vez mayores. Requiere de una policía equipada para hacer frente a la capacidad destructiva creciente de las organizaciones delictivas.

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