El delito tiene más que ver con la cultura que con la pobreza

Una creencia común respecto al delito es que este se vincula directamente con la pobreza y el desempleo. Se basa en un razonamiento entendible: los que menos tienen parecen más propensos a romper con las normas de convivencia social donde se ven desfavorecidos.

Esto no sólo ha llevado, en el plano de la gestión en seguridad, a estigmatizar a la pobreza (obviando la innumerable evidencia de que la mayoría de los pobres no son delincuentes), sino que también provocó que se depositaran las esperanzas de resolver la conflictividad social simplemente bajando la desocupación.

Naturalmente, se trata de una simplificación que no resuelve el problema. Un informe de Naciones Unidas, publicado en 2013, explica que, si bien muchos países de la región vieron reducir su cantidad de pobres, ello no tuvo el correlato esperado en las tasas de delitos. Países con niveles similares de ocupación como Paraguay y Costa Rica presentan diferencias muy grandes en cuanto a sus niveles de delito.

En Argentina, 70% de los presos tenía algún empleo en simultáneo a su actividad delictiva. En la mayoría de los casos se trata de empleos informales y mal pagos.

Esto habla de un cambio cultural que hemos visto crecer en los últimos 8 años: personas de clases pobres que ascendían socialmente no llegaban a ser enteramente clase media, y se mantenían en una zona gris de informalidad laboral y estancamiento educativo. A esto deben sumarse techos muy bajos para el crecimiento social ulterior. Los que llegaron a esa condición de ser casi clase media no iban a llegar mucho más lejos.

Todo esto motiva lo que los expertos denominan “delito aspiracional”: el delito motivado por los que buscan acceder a los mismos bienes de consumo que cada vez se imponen como necesarios para el grueso de la sociedad (teléfonos celulares, zapatillas, etcétera).

Pero el delito ha evolucionado más allá de las meras aspiraciones a acceder a bienes de consumo y se ha convertido en una forma de obtener prestigio y reconocimiento en los barrios marginales. Años de descuidar a los sectores más vulnerables de la sociedad fomentaron la creación de instituciones paralelas como el narcotráfico y de lógicas de ascenso social y prestigio que están fuertemente asociadas con el delito.

Se trata de un tema cultural, no económico. Cambiarlo requeriría un trabajo de la misma naturaleza. No es cuestión solamente de esperar que suba la tasa de empleo, sino de generar conciencia y apego por nuestras normas oficiales y estilos de vida legítimos. Se requiere invertir en educación y que todos ayudemos a revalorizar las normas convivenciales.

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